La división del trabajo en el Gobierno de Pedro Sánchez se atiene a la convencional entre ilusionistas y tramoyistas. Los primeros captan la atención de los medios con declaraciones escandalosas y ridículas. Ayer, la nutricionista Sira Rego, por ejemplo, en conversación con nuestra sacrificada Olga Sanmartín, que dice que va a poner en teléfonos y tablets las etiquetas que lleva el tabaco. Supongo que incluirán imágenes, análogas a las de esos pulmones devorados por el cáncer, de cerebros completamente blancos, con el suyo como modelo liminar. Y anteayer la Loca de la Casa daba voces contra la sentencia del caso Alves, de «vergüenza» la llamó, al tiempo que clamaba por la necesidad de acabar con la presunción de inocencia de los hombres. Jueces y fiscales se han lanzado a por ella. Pero no comprenden que solo se trata de humo inaprensible.
Más les valdría haber atendido a las declaraciones del tramoyista en jefe, Félix Bolaños, sobre el mismo asunto. El ministro declaró, en su lengua de tramoya, que el caso Alves había supuesto la revictimización de la denunciante. «Ha vuelto al baño del Sutton», había dicho con mayor belleza metafórica su abogada, compartiendo el criterio de que hacer justicia revictimiza. Dijo también Bolaños que los que la habían juzgado no estaban preparados para hacerlo y que eso va a cambiar con la nueva ley de eficiencia que exigirá una formación específica a los que juzguen delitos sexuales. «Para juzgar con mayor cercanía este tipo de delitos», precisó, «y con mayor capacidad para conocer los hechos». Una vez hecho su trabajo el tramoyista concluyó que la sentencia sobre Alves «es un pronunciamiento judicial y tengo que respetarlo, sin hacer valoración alguna». Los jueces y fiscales saben perfectamente lo que supone la «formación específica». La reeducación de funcionarios dispuestos a hacer lo que vocea la ministra Montero: que el testimonio de las mujeres prevalezca sobre la presunción de inocencia de los hombres.
Es en este tipo de intersecciones donde el tramoyista se pone al servicio del ilusionismo, sin que nadie parezca advertirlo. Bolaños es el que maneja en el Gobierno las herramientas de los sucesivos cambios de escenario. Es verdad que con la patética torpeza que acreditan las leyes de Sisí, la de Memoria Histórica o la de Amnistía. Pero gozando, al mismo tiempo, de una confortable zona de impunidad. Sin que sus adversarios objetivos —en este caso los jueces, a los que el ministro discute su capacidad para establecer la verdad, ¡tratándose de mujeres!— comprendan que la tramoya, además de manejo técnico, incluye una condición moral asociada a la trampa, a la intriga, a la farsa y al engaño.